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domingo, 15 de julio de 2018

Raúl Arévalo, entre Sean Penn y Nerón


Dicen que se parece a Sean Penn, pero hoy, en este Museo Romano de Mérida, a mí a quien se parece es a Nerón. Por lo menos al Nerón de Eduardo Galán y Alberto Castrillo-Ferrer, que no es un Nerón cualquiera. Resulta raro verlo aquí, con chanclas de tira y camisa de manga corta, marrón, levemente estampada, muy veraniega y por encima del pantalón, recordando sus tiempos de Ikea y El Corte Inglés. Anoche lo vimos sobre un escenario de piedra embutido en un personaje con tantos tópicos encima como claroscuros, simple y complejo, infantil y monstruoso a la vez, carismático y criminal, que lo mismo le daba a las ostras que a los caracoles y lo mismo ordenaba matar cristianos que cogía la lira y se ponía a desafinar como un poseso, cosa que el actor hace “sin ningún esfuerzo”, por lo que nos cuenta. 
Aquí lo tienen. Hablando de la obra “pero procurando no hacer espoiler, que es una palabra que aquí en Mérida suena rara”. Compartiendo su fascinación por un personaje, insoportable para quienes lo rodean, que después de todo, “tampoco es tan raro, ahí está Trump”. Contándonos lo que ha tenido que estudiar “para huir de los arquetipos”. Confesando que él también tiene algo de Nerón, que lo ha descubierto haciendo este trabajo: 
“Si dejas suelto al enanito fascista que llevas dentro puedes deleitarte viendo arder una ciudad”
Se llama Raúl Arevalo. Le gusta el cine sobre todas las cosas, pero no le hace ascos, aunque ya no sea “festero”, ni al vino ni a la copla . Dicen quienes lo conocen que es un buen colega, sensible, divertido, culto, tímido. Y madridista, muy madridista.  El dice de sí mismo “Yo soy bueno, aunque a veces puedo tener algo de bocazas”. Dice también que es “obsesivo” y “pesado”, cuando toca, que con 39 años se ve “viejuno”, que desde pequeño quería ser director, que rodó el primer corto con 11 años en el corral de su abuela y desde niño tiene lazos familiares no solo con Móstoles, un bar de Chamberí y un pueblo de Segovia sino también con Mérida. Esta noche, en Mérida, dejará de ser Raúl, para volver a ser Nerón. Si pueden, no se lo pierdan.



[Retrato en directo, en el Museo Romano de Mérida, tras entrevista en el programa No es un día cualquiera de RNE. 14.07.2018. Podcast: http://www.rtve.es/a/4663994/l ]

domingo, 8 de abril de 2018

José Carlos Plaza, Maestro


Pelo blanco, ojos claros, mirada viva y casi siempre sonriente, para ahorrar trabajo al retratista viste todo de negro: camiseta, camisa jersey, cazadora, pantalón y zapatos. Lleva una hora sentado, incluida la sección de latín que escuchó muy atento y, ya han oido, “como ciudadano español” nos agradece. Que esté sentado es noticia; tiene fama de no estar nunca está quieto, de andar siempre de acá para allá, desplegando y repartiendo energía. Mientras habla hace apacibles  movimientos con las manos, sin despegar los codos de la mesa.
En su diccionario se repiten palabras como libertad, cultura o justicia, expresiones como “ser humano”, y verbos como hablar, escuchar, emocionar o mirar, aunque sea en el metro, que usa habitualmente. Otra palabra común en su vocabulario es música. “Yo vengo del mundo de la opera”, ya han oído. Lo han llamado audaz e incluso radical (una palabra que viene de raíz y a algunos les suena mal y a otros nos suena muy bien) pero la palabra que mas veces le dedican es maestro. Convencido de que el conocimiento es imprescindible para la libertad, siempre ha transmitido los que han estado en su mano y ha mostrado su agradecimiento -hoy a vuelto a hacerlo-  a quienes le transmitieron los suyos, como Willian Layton.
Como piensa que “ser actor es lo mas importante del mundo” se  pasa la vida enseñando a jóvenes actores, que no es fácil ni puede hacerlo cualquiera porque “el teatro conlleva una técnica dificilísima”. Ciudadano ejerciente, que por la primera huelga de actores llegó a conocer la temible DGS del franquismo, se queja de “ese nuevo dictador que es el dinero” y denuncia que “estamos en un momento malo para la libertad de expresión y pensamiento”.
Dice de sí mismo que es “un viejo que tiene todavía eso que se llamaba vocación”. La ejerce desde que  sus padres le regalaron un teatro, hace casi tres cuartos de siglo. Y lo que le queda, porque... “mientras los jóvenes actores me sigan mirando con respeto y cariño, de aquí no me mueven ni con agua caliente”.

[Retrato en directo, en el programa No es un día cualquiera de RNE. 31.03.2018. Audio de entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4546533/ ]


sábado, 31 de marzo de 2018

Pablo Remón, un tipo con gusto


Deportivas de marca, amarillas y con buena suela, pantalones vaqueros estrechitos que subrayan su notoria delgadez, jersey de cuello alto, entre marrón y burdeos, barba negra y pelo rizado, muy al estilo del teatro clásico romano. Responde a las preguntas con rapidez y precisión, ayudándose con gestos de las dos manos, que abre y cierra en el aire, y con el uso del tono adecuado que en algunos momentos llega a ser cantarín.
Me parece una persona de exquisito gusto. Por lo que ha dicho Pepa sobre su obra, que “no nos debemos perder”, y por algunas cosas que ha dicho él: 
-Vengo siempre que puedo al teatro; lo mejor del teatro es verlo, no hacerlo.
También creo que tiene exquisito gusto porque alguna vez ha sido visto de cañas en el Martin, en la Costa del Retiro, que es donde las tomó hasta el fin de sus días Antonio Gamero, faro y guía para quienes pensamos que “como fuera de casa no se está en ningún lao”. También ha sido visto en locales tan románticos como Los Torreznos de Fernán González, donde además del romanticismo consustancial al torrezno practican el de la música clásica. E incluso en locales de mi barrio como Celso y Manolo, donde profesan máximo aprecio al buen producto aunque sea imposible encontrar sitio.
Se llama Pablo Remón, acaba de cumplir cuarenta años y acaba de tener un hijo; además tiene un sobrino que “está desde pequeño obsesionado con el Titanic”. Antes de dedicarse al teatro se dedicó al cine, con el que soñaba desde niño, cuando sus padres lo metían en la cama y él, en lugar de ver las pelis, las oía...eso aviva mucho la imaginación. Desde siempre le gustaba el cine y le gustaba escribir. De esa doble afición por el espectáculo audiovisual y la palabra escrita ha llegado al teatro, donde tiene algunas frustraciones, “como todo el mundo”, pero es como quiere ser, tras ir “construyendo la narrativa” de su propia vida profesional. Dice de sí mismo que es “un poco neurótico”, aunque no tanto como su personaje. Trata sus obras como seres vivos, en permanente evolución, que al final no tiene por ser iguales a lo que el guionista soñó. Es, evidentemente, una persona feliz con lo que hace. Y es también, ya digo, un tipo con gusto.



[Retrato en directo, Pavón Teatro Kamikaze, en el programa No es un día cualquiera de RNE. 25.03.2018. Audio de entrevista y retrato:http://www.rtve.es/a/4538198/ ]

domingo, 25 de febrero de 2018

Flotats, sacerdote laico




El 8 de mayo de 1945 terminó una guerra y nació un comediante en un colegio francés donde la maestra, Madame Ramona, sacó a los niños al patio a cantar La Marsellesa. Fue su primera experiencia artística, su bautismo emocional, su primera cita con una pasión que desde entonces no ha dejado de crecer y siempre ha hecho compatible con el amor por la literatura, la filosofía, la historia, el arte... por lo que hacen, en fin, esos humanos que están empeñados “en hacer un mundo mejor”, a ser posible sin destruir por completo lo anterior.  Como buen conocedor de la especie, es un “pesimista activo”, que sabe que en algunas cosas no hemos mejorado y que “no hay que bajar la guardia”. Menos mal que ahí está el teatro que -en eso sí atinaba Rousseau- nos “sirve para purgar el alma”. Y ahí está la cultura, para devolvernos a la civilización cuando nos alejamos más de la cuenta.
Se llama Josep Maria Flotats. Se ha acercado a la radio con una buena bufanda y una buena sonrisa. David Vicente, que está con él, me ha dicho que es “muy majo, muy elegante y muy, muy, puntual”. Pepa Fernández acaba de añadir: “Y muy guapo”. Su vida es puro teatro ¿En qué consiste eso? ¿En contar el mundo, en entretenerlo, en ponerle un espejo delante? No lo sé pero él, el otro día, le dio una pista a Juan Cruz: “Los comediantes somos sacerdotes laicos al servicio del pensamiento”. Hoy ha llevado más lejos esa reflexión: “El teatro no es otra cosa que el intercambio de opiniones y de sentimientos”. Y aún más: que solo lleva a escena obras que le emocionen porque solo si le emocionan puede transmitir emoción. “Sí me emociona es porque me enriquece, me hace ser mas cuidadoso de mi entorno”.
Pensamiento y emoción se encuentran estas semanas en el teatro con su “Voltaire/Rousseau: La Disputa”. Ahí tienen a este sacerdote, cada noche, subiéndose al altar para hacernos sentir y pensar. Para animarnos, en fin, a “cultivar nuestro propio jardín”.


[Retrato en directo en No es un día cualquiera, RNE. 25.02.2018. Audio entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4492558/ 

domingo, 11 de febrero de 2018

José María Pou: grande


Érase un hombre a un vozarrón pegado, a una voz portentosa, contundente, aunque estemos en horas imposibles para quien cada cada noche debe llevarla a sus máximos extremos y cada mañana se levanta pensando en la próxima función. Esa voz no anda sola; vino al mundo acompañada por una mirada cósmica, una mirada que sabe ser feroz o bondadosa, enérgica o envolvente, penetrante o mendicante, temible o amable, épica o lírica, según toque, y es capaz de navegar en la ternura, pero también en la locura, como exige su trabajo actual.
Tengo delante el cartel de Moby Dick. Solo ese cartel, justificaría un viaje a Barcelona, pero, tranquilos: habrá “larga gira”; el capitán Pou irá de un lado a otro, por teatros de toda España. persiguiendo su ballena blanca con la mirada oblicua, los dientes apretados, la boca entreabierta, las arrugas retestinadas y, en fin, la impresionante cabeza de Pou, que da al capitán Ahab unas hechuras mitológicas que ni Melville pudo imaginar.
A quienes lo han visto en escena se les agotan los adjetivos:  inconmensurable, sobrecogedor, descomunal, increíble, sensacional, estremecedor. Eso no es por casualidad. El actor está familiarizando con la obra desde niño, y en el ultimo año y medio se lo ha estudiado todo sobre ese “personaje inabarcable”, que le “chupaba tanto de su vida en los ensayos” que “llegaba a casa asustado”, un personaje imposible, complejo, poliédrico, “a la altura de los grandes personajes de Shakespeare”.
Ahí están ambos, personaje y actor, recordando cada noche su obsesión, su desmesura, su capacidad de seducción, incluso, y, tomen nota, “estas ansias mesiánicas que tienen algunos, capaces de arrastrar a todo un pueblo por sus intereses personales” (ojo, que eso parece de un editorial de actualidad). El actor se llama José María Pou. En los 50 años que lleva en el oficio no ha estado en el paro ni una sola vez, y ha conseguido que, por una vez, críticos y público coincidan en una palabra: es grande. 

[Retrato tras entrevista en No es un día cualquiera, RNE. 11.02.2018. Audio: http://www.rtve.es/a/4471706/

domingo, 4 de febrero de 2018

Helena Pimenta, atlético esfuerzo creativo

“Helena es de Salamanca, pero hay en ella algo de andaluz”, escribió en la revista El Siglo Luis Eduardo Siles. Quizá se refería a su aspecto: pelo negro, largo, ensortijado, ojos oscuros y grandes; quizás a esos zarcillos, pillapelos, pañuelos y estampados tan flamencos que tanto le gustan. Yo no creo mucho en el determinismo geográfico pero supongo que si algo ha influido en su manera de ser y en su concepcion del mundo no fue solo la vecindad de Andalucía y la infancia salmantina: fueron los años que pasó dando clases y haciendo teatro en Rentería, años de plomo que esa ciudad vivió en primera fila. Ahí fue donde sintió la necesidad de plantar cara al dolor con el teatro, de poner a sus alumnos, primero, y a sus vecinos, después, frente al espejo del arte, aunque su hijo le preguntara: “Ama ¿Y ahora de qué vamos a vivir?”. Ahí aprendió a asumir riesgos, “a perder un poquito, que siempre viene bien” y a dialogar con el publico, que “con su respiración va diciendo lo que quiere y lo que no quiere”. Hoy accede a ese público con una facilidad que ya quisieran para sí todos los directores y gestores culturales. Por sus obras, con el papel vendido antes de estrenar, no pasa la crisis. El secreto está en un esfuerzo creativo que ella vive, como “una permanente exhibición atlética”. Pero también en esa mezcla suya de clasicismo y vanguardia, antigüedad emocional y modernidad escénica, madurez y juventud, pasado y futuro: “Miro atrás para reconocer, nunca para pararme”. Se llama Helena, con hache, y se apellida Pimenta. Creció entre libros y música, se hizo artista entre miedos y duelos. Hoy llena las salas con Lope, con Calderón y con el verso bien dicho, lo que quiere decir bien pensado y, desde luego, bien dirigido. Su vida es puro teatro; ese teatro que nos cura las enfermedades, nos ordena la cabeza y, en fin, nos hace grandes.

[Helena Pimenta (Salamanca, 1955) dirige la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Retrato en directo, 3.02.18 en RNE. Audio entrevista y retrato:  http://www.rtve.es/a/4456499/]