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domingo, 8 de abril de 2018

José Carlos Plaza, Maestro


Pelo blanco, ojos claros, mirada viva y casi siempre sonriente, para ahorrar trabajo al retratista viste todo de negro: camiseta, camisa jersey, cazadora, pantalón y zapatos. Lleva una hora sentado, incluida la sección de latín que escuchó muy atento y, ya han oido, “como ciudadano español” nos agradece. Que esté sentado es noticia; tiene fama de no estar nunca está quieto, de andar siempre de acá para allá, desplegando y repartiendo energía. Mientras habla hace apacibles  movimientos con las manos, sin despegar los codos de la mesa.
En su diccionario se repiten palabras como libertad, cultura o justicia, expresiones como “ser humano”, y verbos como hablar, escuchar, emocionar o mirar, aunque sea en el metro, que usa habitualmente. Otra palabra común en su vocabulario es música. “Yo vengo del mundo de la opera”, ya han oído. Lo han llamado audaz e incluso radical (una palabra que viene de raíz y a algunos les suena mal y a otros nos suena muy bien) pero la palabra que mas veces le dedican es maestro. Convencido de que el conocimiento es imprescindible para la libertad, siempre ha transmitido los que han estado en su mano y ha mostrado su agradecimiento -hoy a vuelto a hacerlo-  a quienes le transmitieron los suyos, como Willian Layton.
Como piensa que “ser actor es lo mas importante del mundo” se  pasa la vida enseñando a jóvenes actores, que no es fácil ni puede hacerlo cualquiera porque “el teatro conlleva una técnica dificilísima”. Ciudadano ejerciente, que por la primera huelga de actores llegó a conocer la temible DGS del franquismo, se queja de “ese nuevo dictador que es el dinero” y denuncia que “estamos en un momento malo para la libertad de expresión y pensamiento”.
Dice de sí mismo que es “un viejo que tiene todavía eso que se llamaba vocación”. La ejerce desde que  sus padres le regalaron un teatro, hace casi tres cuartos de siglo. Y lo que le queda, porque... “mientras los jóvenes actores me sigan mirando con respeto y cariño, de aquí no me mueven ni con agua caliente”.

[Retrato en directo, en el programa No es un día cualquiera de RNE. 31.03.2018. Audio de entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4546533/ ]


sábado, 31 de marzo de 2018

Pablo Remón, un tipo con gusto


Deportivas de marca, amarillas y con buena suela, pantalones vaqueros estrechitos que subrayan su notoria delgadez, jersey de cuello alto, entre marrón y burdeos, barba negra y pelo rizado, muy al estilo del teatro clásico romano. Responde a las preguntas con rapidez y precisión, ayudándose con gestos de las dos manos, que abre y cierra en el aire, y con el uso del tono adecuado que en algunos momentos llega a ser cantarín.
Me parece una persona de exquisito gusto. Por lo que ha dicho Pepa sobre su obra, que “no nos debemos perder”, y por algunas cosas que ha dicho él: 
-Vengo siempre que puedo al teatro; lo mejor del teatro es verlo, no hacerlo.
También creo que tiene exquisito gusto porque alguna vez ha sido visto de cañas en el Martin, en la Costa del Retiro, que es donde las tomó hasta el fin de sus días Antonio Gamero, faro y guía para quienes pensamos que “como fuera de casa no se está en ningún lao”. También ha sido visto en locales tan románticos como Los Torreznos de Fernán González, donde además del romanticismo consustancial al torrezno practican el de la música clásica. E incluso en locales de mi barrio como Celso y Manolo, donde profesan máximo aprecio al buen producto aunque sea imposible encontrar sitio.
Se llama Pablo Remón, acaba de cumplir cuarenta años y acaba de tener un hijo; además tiene un sobrino que “está desde pequeño obsesionado con el Titanic”. Antes de dedicarse al teatro se dedicó al cine, con el que soñaba desde niño, cuando sus padres lo metían en la cama y él, en lugar de ver las pelis, las oía...eso aviva mucho la imaginación. Desde siempre le gustaba el cine y le gustaba escribir. De esa doble afición por el espectáculo audiovisual y la palabra escrita ha llegado al teatro, donde tiene algunas frustraciones, “como todo el mundo”, pero es como quiere ser, tras ir “construyendo la narrativa” de su propia vida profesional. Dice de sí mismo que es “un poco neurótico”, aunque no tanto como su personaje. Trata sus obras como seres vivos, en permanente evolución, que al final no tiene por ser iguales a lo que el guionista soñó. Es, evidentemente, una persona feliz con lo que hace. Y es también, ya digo, un tipo con gusto.



[Retrato en directo, Pavón Teatro Kamikaze, en el programa No es un día cualquiera de RNE. 25.03.2018. Audio de entrevista y retrato:http://www.rtve.es/a/4538198/ ]

viernes, 30 de marzo de 2018

Martín Garzo, Sin misterio no hay vida


Tercero de seis hermanos, en su casa había gente de todas las edades y practicaban a diario esas actividades intergeneracionales de las que hemos hablado en la hora anterior: los mayores le contaban historias a los pequeños, las madres leían cuentos a los hijos y la convivencia se basaba en la conversación. Eso se advierte en su literatura y en su concepcion del mundo. También se nota que nació en Castilla y que, como Salgari, descubrió enseguida que para contar el mundo no hacia falta ir muy lejos: la vida pasa por donde uno la vive.
Vida es una de las palabras que aparecen en los títulos de sus obra. Con esas palabras podríamos construir su retrato: Luz. Aire. Agua. Pozo. Mar. Marea. Valle. Bosque. Jardín. Cielo. Pan. Pájaros. Mujeres. Madres. Gigantas. Hadas. Caballeros. Historias. Amores. Mundo. Alma. Lenguaje. Libro... El retrato deambula, como ven, entre la naturaleza y la humanidad, entre “la realidad y la fantasía o “el ensueño” que, ya han oido, es donde él siempre ha vivido. En esos título hay nombres propios (Marta, Fernando, Eva, Dulcinea) y se repite un color, el azul, que es el color dominante en la ropa cómoda y abrigada que hoy lleva puesta. Escuchándolo he apuntado alguna palabra más: Música. Tiempo. Cine. Sueño. Monstruo. Locura. Hechizo...
Se llama Gustavo Martín Garzo, mientras habla sonríe y dibuja palabras en el aire, con los dos brazos. “Antes de ser escritor era lector” y “antes se ser lector era un niño que iba al cine”. Piensa que “vivimos en una mentira” y que “estamos más en lo que callamos que en lo que decimos”. Pero él, por si acaso, nos ha dicho muchas cosas. Como ésta: “Nuestro corazón está lleno de deseos incumplidos”. O ésta: “no puede haber amor sin ternura”.
O esta otra, que también vale por un retrato: “Si no hubiera lugares desconocidos, sería aburrida la vida. Sin misterio no hay amor, ni hay literatura, ni hay poesía... ni hay vida”.


[Retrato en directo, Casa de Beneficencia de Valladolid, en el programa No es un día cualquiera de RNE, donde nos presenta su libro “”. 24.03.2018. Audio de entrevista y retrato: https://t.co/uHbFhfuHuz ]




jueves, 29 de marzo de 2018

Jorge Volpi, mirando de frente



El retrato literario nos lo da hecho el jurado de su reciente Premio Alfaguara, que dice en el fallo:
        “Rompiendo todas las convenciones del género coloca al lector y a la realidad frente a frente, sin intermediarios”.
Ahí lo tienen. Un escritor que te hace mirar de frente a la realidad y se pasa la vida el mismo mirando esa realidad; aunque parezca paradoja, al mismo tiempo que busca la verdad y denuncia la posverdad práctica la ficción, que es algo completamente ajeno a la mentira. Lúcido y crítico, procura no perder nunca el sentido del humor, incluidos chistes de conejos y chistes de mexicanos; es muy preciso en las respuestas y al final de cada una pone un punto y aparte, para escuchar la siguiente pregunta. Cree que “una de las funciones de la literatura es incordiar, señalar lo que no funciona en la sociedad” y eso es lo que hace con esta historia convertida en novela donde, ya han oido, “la justicia se convierte en espectáculo” ¿Les suena?
En julio le caerán su primeros cincuenta, tiene la frente despejada, el pelo justo (una raspilla sobre el labio superior y otra en la barbilla, poco más), se cubre con tres capas (camisa, jersey de lana y chaquetón azul marino), los cristales de sus gafas son rectangulares y las patillas llevan un ribete de azul eléctrico; subrayo el dato porque en distintas fotos lo he visto con distintas gafas, no se si por coquetería o por... oftalmología.
No tiene miedo, ni a las reacciones adversas ni a la censura. Y no se pone fronteras. “Me gusta que mis obras no tengan limites tan precisos. Empecé mezclando poesía y prosa y ahora estoy con literatura y periodismo”, dice.
Tras escucharlo sospecho que Jorge Volpi constituye, por si mismo, un género difícil de clasificar.



[Retrato en directo, en el Centro Cultural Los Llanos, de Estella, en el programa No es un día cualquiera de RNE, donde nos presenta su libro “Una novela criminal” (Alfaguara) 17.03.2018. Audio de entrevista y retrato:http://www.rtve.es/a/4526014/ ]



domingo, 11 de marzo de 2018

León Aranoa, gran contador de historias



León de Aranoa viene a la radio vestido de León de Aranoa, con este estilo tan suyo, tal libre, tan actual y tan propio de quien es joven de nacimiento y hasta muy avanzado el mes de mayo no le caerán sus primeros cincuenta: arillo en la oreja izquierda, deportivas, vaqueros, sudadera negra con capucha, la barba y el pelo largo, inconfundible, recogido en una coleta como buenamente puede, con alguna cana más que la ultima vez que nos vimos.         Viene también con su energía de siempre, contestando a las preguntas sin dudar ni un instante y subrayando las respuestas en el aire con un boli azul que ha tenido casi todo el rato en la mano derecha. Viéndolo y escuchándolo da la impresión de que eso de tener que correr mucho para hacer una película o para ir a un festival no le preocupa demasiado.
Es un tipo alto, incluso muy alto, pero está en continuo crecimiento; a pesar de su oficio, donde la forma es tan importante como el contenido, no le importa el como; cada vez le importa más el qué y el por qué. Fernando es un gran contador de historias y a nosotros nos gusta cómo las cuenta; en el cine, en esa novela que está al caer o en la radio. Nos ha contado que empezó a interesarse por Pablo Escobar hace mas de diez años, cuando a Javier Bardem ya lo habían tentado para hacer ese papel. Le pareció asombroso que en Colombia pudiesen suceder cosas como estas. “Una historia completamente desproporcionada”. No es solo una historia criminal, dice. Le interesó “como narrador, para poder contarla” y le apetecía contarla con Bardem. A los dos les atraía entrar en la cabeza de un personaje tan complejo como Pablo Escobar “porque lo malos suelen tener un recorrido muy corto” y, evidentemente, ese no era el caso.
A Fernando no le preocupa que el personaje haya sido destripado ya en una serie. A nosotros tampoco. El cine, a diferencia de las series, todavía es capaz de contar el mundo en dos horas y eso es lo que intenta Fernando Leon Aranoa en sus películas: contar el mundo. Hasta ahora lo ha conseguido. Esta vez, también.



[Retrato en directo, en el programa No es un día cualquiera de RNE, donde nos presenta su película “Loving Pablo”. 11.03.2018. Audio de entrevista y retrato: https://t.co/G7Vc4hBj1a ]


sábado, 3 de marzo de 2018

Muñoz Molina: Alguien que camina



Es un placer leer los libros de Muñoz Molina, cada cual diferente al anterior, y éste muy diferente a todos los demás.
-¿Es una novela, una crónica, un apunte de memoria personal?
-Llámalo como quieras -responde-. Yo no tengo ninguna necesidad de darle un género, una clasificación; es una narración sobre la vida contemporánea.
Es un placer escuchar a Muñoz Molina “cuya voz revela más que la cara”, bien lo dice Elvira Lindo. Es una voz prudente, cautelosa, que no se permite a sí misma estridencias pero traslada las palabras con precisión, armonía y constancia, como una lluvia suave del sur (ese sur que lleva también en el acento), y se vuelve seductora para imitar el anuncio de Carrefour.
Escuchándolo, siempre aprendes algo. Sobre la sociedad en la que vivimos, donde “todo es instantáneo y todo desaparece de manera inmediata”. Sobre la publicidad, “que saquea el lenguaje de la poesía”. Sobre las pantallitas donde nos miramos todo el rato, aunque, “la cuestión es ver que parte de tu vida está encerrada en esa pantalla”.
De vez en cuanto me lo encuentro por la calle, en su andar solitario entre la gente, a veces a pie, a veces a lomos de una bicicleta, siempre con sus gafas de pasta, su jersey inevitable, sus alpargatas acostumbradas al asfalto y su mochila, a la que ha hecho dos referencias en esta conversación, donde lleva los cuadernos, el iPhone y el lápiz con el que escribe “porque es una cosa más física, tiene una sensación mucho mas táctil”. 
También lleva libros, claro, y no es que me lo imagine; es que lo veo salir de estupendas librerías de mi barrio, como Pasajes, y es que para escribir como él escribe hay que leer mucho. Además hay que mirar mucho, aunque en Nueva York te lo pongan difícil, hay que “prestar atención a lo inmediato” y, en fin, hay que ser como Antonio Muñoz Molina, que a su vez es como el personaje de su nuevo libro: “Alguien que camina por la ciudad que se fija en las cosas y que toma nota de todo lo que ve”.



[Retrato en directo, en el programa No es un día cualquiera de RNE, donde nos presenta su libro “Un andar solitario entre la gente”. 3.03.2018. Audio de entrevista y retrato:  http://www.rtve.es/a/4502063/]



miércoles, 28 de febrero de 2018

Juan José Millás: hechos de palabras



Tiene muchas cosas en común con Forges, con quien llegó a escribir un libro y a hacer una gira por España, pero sobre todo una, que Forges hizo notar en cierta ocasión: su constante, su apasionada relación con las palabras. Piensa que los seres humanos “estamos hechos, sobre todo, de palabras” y que en la vida cotidiana no hacemos la lengua, sino al revés, la lengua nos hace a nosotros. He apuntado a lo largo de esta conversación algunas de esas palabras que maneja. Voz. Tradición. Literatura. Significado. Cosa. Vida cotidiana. Fantasía. Sueño. Ficción. Taxista. Borde. Lengua.
      Las palabras, como las personas, ganan mucho cuando se juntan con otras. También he apuntado algunas frases. Cuando dice que en su oficio siempre andan “buscando una voz propia” ; cuando recuerda que “esto que llamamos realidad no solo está también compuesto de delirio sino que el delirio la conforma, la determina”; o cuando nos habla de la entrada de la ficción en nuestras vidas y empezamos a ser algo mas que simples cazadores de bisonte; o cuando nos hace notar que “todo el mundo habla de nada”.
      Se ha venido a la radio hecho un pincel, como siempre, y bien abrigado. Pantalón vaquero, camisa burdeos, abrochada hasta arriba, chaqueta de tweed, bufanda y chupa negra, que ahora cuelga sobre el respaldo de una silla. Antes de empezar la conversación ha hojeado un periódico que había sobre la mesa, ha escuchado atentamente a Jaime Azpilicueta, se ha puesto al lado un folio en blanco y (previa petición de permiso de Pepa, que él es muy mirado) se ha puesto a hacer dibujitos con el boli. Es un observador de pájaros y un observador de los observadores de pájaros; y de todos los demás observadores y observados, me parece a mí. Como Forges, con su manera de mirar nos enseña a mirar de otra manera. Y a vernos como somos.  “Seres en busca de un significado”. “Hijos del delirio, del sueño”. Somos algo más: lectores de Juanjo Millas y admiradores confesos de su relación con las palabras que contribuye “a dar sentido a nuestra vida”.



[Retrato en directo en No es un día cualquiera, RNE. 24.02.2018. Presenta su novela Que nadie duerma (Alfaguara, 2018). Podcast de entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4491131/ ]

domingo, 18 de febrero de 2018

Juan Madrid: Enorme



Este retrato no lo he hecho solo. He preguntado primero en el grupo de guasaps y de cervezas que tengo con viejos compañeros de Cambio16, donde trabajamos juntos: ¿Qué cuento de Juan Madrid? Mariano Casado, Carchenilla, Olivares, Papitu, Luis Rubio, Montoya, Juan Lucio... todos dicen lo mismo: es una fuerza de la naturaleza, un tsunami, un tipo arrollador que nunca pasaba inadvertido cuando entraba en la redacción para “vomitar” -la palabra es suya- el siguiente reportaje. A Zubiaurre, que era un crío, le daba miedo. Los demás le hacían, le hacíamos, corro, como se lo hacían de niño en la plaza de Biedma, para que nos contara, cigarrillo en mano, lo que había descubierto en Puerto Hurraco o en Alcásser o en esos locales sórdidos de la plaza de los Mostenses que le gustaban tanto donde se juntaba con manguis y maderos, para que luego viniera Quijano, el de Administración, pegando gritos: 
-¡Te he dicho que pongas “gastos de representación” no vuelvas a poner “copas con policías”!
No solo era un reportero sin límites, era un escritor consciente y documentado, tan interesado por la Historia como por la vida y con un especial sismógrafo para detectar personajes imposibles, como El Timbas, el último tahúr profesional, que era de un pueblo de Murcia. Le gustaban las frases de película antigua (“¿Rumbea usted, señorita?”) y escribía como dios, claro. Ajustar un texto suyo, en la mesa de edición o en el taller, era un problema muy serio, porque quitarle una sola palabra daba pena.
A ninguno extraña que hoy sea maestro en la novela negra ni que se haya vuelto a poner de pie cada vez que la vida, la salud o el empeño en “hacer cuatro cosas a la vez” le daba  un  revolcón. Ni les extraña que hoy nos veamos en Málaga, la ciudad donde aprendió “a escupir por un costado de la boca”, aunque les parece raro que nos veamos a estas horas de la mañana. Les diré que ya no gasta bigote sino barba entrecana y gafas de concha de escritor con espolones, que ya no fuma y que ya irrumpe más suave, más despacito. Pero sigue siendo el de siempre, creedme. Juan Madrid, nuestro Juan Madrid, no cabe en un folio: es enorme.



[Retrato en directo en Museo Ruso de Málaga, No es un dia cualquiera, RNE. 17.02.2018. Podcast entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4482498/]

Toni Nadal: haciendo Historia


Si en lugar de españoles fuéramos americanos, sobre la epopeya de la familia Nadal se habría hecho ya una gran película, como esas que Hollywood dedica a sus héroes del béisbol, el basket, el atletismo y hasta el billar. Imagínense ustedes: música en plan Carros de fuego, primeros planos en el Club de Tenis de Manacor, cámara lenta para contar los triunfos al filo de lo imposible...
En esa peli tendría un papel importante Toni Nadal, el tío, que a Rafa lo llama Rafael o Rafel, en la lengua materna, y que se ha venido al Museo Ruso de Málaga con jersey de lana verde oscura, sobre camisa celeste, pantalón negro y zapatones marrones de cordones, caminados pero impolutos. Pone expresión seria cuando habla del trabajo, que es una palabra muy repetida en esta conversación, y cuando intenta quitarse importancia o ahuyentar los halagos, que “ayudan poco”, pero ríe abiertamente cuando suena el Porompompó de Manolo Escobar o cuando recuerda que Rafa es del Madrid “y no de aquel equipo de allá arriba”, que es el Barça, el suyo.
Con vistas a un tratado urgente de formación y motivación, he apuntado algunas palabras y expresiones de las que ha utilizado: Disciplina, rigor, adversidad, crítica, “búsqueda constante de soluciones”, “búsqueda de un punto de insatisfacción”, dificultad, educación, carácter. “El carácter se trabaja con la dificultad”, dice. El maestro Julio César Iglesias, que nos está escuchando, me cuenta en un guasap que una vez le preguntó cómo había conseguido que Nadal llegase donde ha llegado sin envanecerse. 
-¿Envanecerse? -le contestó-. ¿Por que? todo lo que hace es pasar bolas de un lado a otro.
Aquí lo tienen. Con 14 años le cautivó la forma de jugar de Lilian Nastase y desde entonces solo vive para el tenis. Puede que nadie haga nunca una película sobre la familia Nadal. Pero todos sabemos que Rafa Nadal tiene un sitio asegurado en la historia del deporte, que es la historia las emociones colectivas. Y todos sabemos que Toni Nadal estaba allí, haciendo... lo que le gusta.

[Retrato en directo en Museo Ruso de Málaga, programa No es un dia cualquiera de RNE. 17.02.2018. Podcast: http://www.rtve.es/a/4480858/]
   



domingo, 11 de febrero de 2018

José María Pou: grande


Érase un hombre a un vozarrón pegado, a una voz portentosa, contundente, aunque estemos en horas imposibles para quien cada cada noche debe llevarla a sus máximos extremos y cada mañana se levanta pensando en la próxima función. Esa voz no anda sola; vino al mundo acompañada por una mirada cósmica, una mirada que sabe ser feroz o bondadosa, enérgica o envolvente, penetrante o mendicante, temible o amable, épica o lírica, según toque, y es capaz de navegar en la ternura, pero también en la locura, como exige su trabajo actual.
Tengo delante el cartel de Moby Dick. Solo ese cartel, justificaría un viaje a Barcelona, pero, tranquilos: habrá “larga gira”; el capitán Pou irá de un lado a otro, por teatros de toda España. persiguiendo su ballena blanca con la mirada oblicua, los dientes apretados, la boca entreabierta, las arrugas retestinadas y, en fin, la impresionante cabeza de Pou, que da al capitán Ahab unas hechuras mitológicas que ni Melville pudo imaginar.
A quienes lo han visto en escena se les agotan los adjetivos:  inconmensurable, sobrecogedor, descomunal, increíble, sensacional, estremecedor. Eso no es por casualidad. El actor está familiarizando con la obra desde niño, y en el ultimo año y medio se lo ha estudiado todo sobre ese “personaje inabarcable”, que le “chupaba tanto de su vida en los ensayos” que “llegaba a casa asustado”, un personaje imposible, complejo, poliédrico, “a la altura de los grandes personajes de Shakespeare”.
Ahí están ambos, personaje y actor, recordando cada noche su obsesión, su desmesura, su capacidad de seducción, incluso, y, tomen nota, “estas ansias mesiánicas que tienen algunos, capaces de arrastrar a todo un pueblo por sus intereses personales” (ojo, que eso parece de un editorial de actualidad). El actor se llama José María Pou. En los 50 años que lleva en el oficio no ha estado en el paro ni una sola vez, y ha conseguido que, por una vez, críticos y público coincidan en una palabra: es grande. 

[Retrato tras entrevista en No es un día cualquiera, RNE. 11.02.2018. Audio: http://www.rtve.es/a/4471706/

Pedro Ballesteros, “El vino es gente”


El primer trazo del retrato lo escribe él mismo en su presentación de tuiter: “Master of wine, escritor, profesor, catador, bodeguero, cuentahistorias, ingeniero agrónomo, especialista en viticultura y enología”. El segundo lo da Pepa Fernández: “Encantador, simpático, dice cosas sorprendentes sobre el vino”.  El tercero, Raquel Pardo, que es mi particular gurú vitivinícola: “Un tipo muy majo, sin pelos en la lengua, que si tiene que criticar un vino lo critica pero siempre con respeto, siempre amable; adora el vino, y eso es muy bueno para el vino español porque es una autoridad mundial”. 
Desde luego, esos apuntes van bien orientados. Habla con soltura, simpatía, respeto y dice cosas muy interesantes sobre el vino, sobre “la magia del vino”, sobre “esos bichitos que lo hacen posible” y que también están en nuestros cuerpos: “Tenemos más bichitos que células”. Guste o no guste el vino es un placer escucharlo hablar de su pasión: “Del vino puedes compartir muchas cosas. Fíjate lo bonito que es hablar de lo que estás sintiendo dentro del cuerpo”.  
Se llama Pedro Ballesteros, lo que gana con el vino se lo da a una ONG, porque él vive de otra cosa, y nunca participaría en una campaña en defensa del consumo de vino, a secas, pero se pasa la vida predicando las bondades del “vino con adjetivos”, “el que tiene que ver con compartir, con trabajar la tierra, con aumentar la cultura”. Viste de oscuro, como buen predicador, con ropa cómoda,  como buen viajero, y con pantalón de pana, como buen hombre de campo. Mientras habla sonríe y mueve los dos brazos, dibujando en el aire sabores, aromas, conocimientos, ilusiones. Trasmite sabiduría pero también transmite alegría y a una isla desierta se llevaría agua, porque “si no es en compañía para qué quieres el vino. El vino es emoción, el vino es comunicacion, el vino es gente”.
A Pedro Ballesteros, créanme, lo que le gusta es la gente, esa gente que con ayuda de los bichitos es capaz de hacer buen vino.

[Retrato en directo en No es un dia cualquiera, de RNE. 10.02.2018. Podcast:  Audio:http://www.rtve.es/a/4470678/ ]



domingo, 4 de febrero de 2018

Joan Margarit, Asombroso Invierno


La última  vez que hablamos con él, hace tres años, dije que estaba a medio camino entre la edad del conocimiento y la edad de la sabiduría, cosa que él no acepta porque él no cree que por ser viejo se sea más sabio... “hay viejos inteligentes y viejos idiotas”, dice. Hoy, en vísperas de cumplir los 80, se ve a sí mismo en la edad de la libertad y las certezas. La primera certeza de este “asombroso invierno” que está viviendo es que la vida tiene dos estaciones, la infancia y la vejez, que son las más nítidas, las mas limpias; lo que hay en medio es un lío, “aunque cuando estás en el lío no lo sabes”. Ha llegado a la estación más libre y no volvería bajo ningún concepto a la anterior, pero no se olvida de  sus primeros maestros, como Neruda, de los que luego ha logrado zafarse. 
Tiene una voz preciosa, una envidiable musicalidad en la expresión, un gran sentido del humor y uno delicado manejo de la ironía (la socarronería, la retranca, la somarda y como se diga en catalán). Parece el último superviviente de una estirpe: los que siguen pensando que la cultura es un arma cargada de presente, los que aun creen que pueden protegerse a sí mismos y proteger a los demás con la fuerza total de las palabras. He apuntado algunas de las palabras que se han repetido en esta conversación. Inteligencia. Poema, Tiempo. Amor. Todavía. Olvido. Escuchándolo, confirmo la convicción de que en tiempos inciertos, como los actuales, hay que volver la mirada a los creadores, los artistas, los poetas, que siempre están ahí, alumbrando como faros. Él lo tiene claro: “Contra el miedo se lucha con la poesía, con la inteligencia, con el arte, que es allí donde no llega la razón”. La música también sirve para combatir el miedo, pero lo primero es reconocer que existe y decidir luchar. Sin esa decisión, no hay lucha que valga. Y eso sirve también para el amor que exige una gran cantidad de esfuerzos, pero merece la pena porque al final, ya han oido, “con el amor bastaba”. Y con la alegría, qué leche. Me quedo con su última propuesta: “Que no nos falte la alegría”.

[Joan Margarit, 1938, poeta. Retrato en directo en RNE, 04.02.2018. Audio entrevista y retrato: http://www.rtve.es/a/4459518/ ]

Helena Pimenta, atlético esfuerzo creativo

“Helena es de Salamanca, pero hay en ella algo de andaluz”, escribió en la revista El Siglo Luis Eduardo Siles. Quizá se refería a su aspecto: pelo negro, largo, ensortijado, ojos oscuros y grandes; quizás a esos zarcillos, pillapelos, pañuelos y estampados tan flamencos que tanto le gustan. Yo no creo mucho en el determinismo geográfico pero supongo que si algo ha influido en su manera de ser y en su concepcion del mundo no fue solo la vecindad de Andalucía y la infancia salmantina: fueron los años que pasó dando clases y haciendo teatro en Rentería, años de plomo que esa ciudad vivió en primera fila. Ahí fue donde sintió la necesidad de plantar cara al dolor con el teatro, de poner a sus alumnos, primero, y a sus vecinos, después, frente al espejo del arte, aunque su hijo le preguntara: “Ama ¿Y ahora de qué vamos a vivir?”. Ahí aprendió a asumir riesgos, “a perder un poquito, que siempre viene bien” y a dialogar con el publico, que “con su respiración va diciendo lo que quiere y lo que no quiere”. Hoy accede a ese público con una facilidad que ya quisieran para sí todos los directores y gestores culturales. Por sus obras, con el papel vendido antes de estrenar, no pasa la crisis. El secreto está en un esfuerzo creativo que ella vive, como “una permanente exhibición atlética”. Pero también en esa mezcla suya de clasicismo y vanguardia, antigüedad emocional y modernidad escénica, madurez y juventud, pasado y futuro: “Miro atrás para reconocer, nunca para pararme”. Se llama Helena, con hache, y se apellida Pimenta. Creció entre libros y música, se hizo artista entre miedos y duelos. Hoy llena las salas con Lope, con Calderón y con el verso bien dicho, lo que quiere decir bien pensado y, desde luego, bien dirigido. Su vida es puro teatro; ese teatro que nos cura las enfermedades, nos ordena la cabeza y, en fin, nos hace grandes.

[Helena Pimenta (Salamanca, 1955) dirige la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Retrato en directo, 3.02.18 en RNE. Audio entrevista y retrato:  http://www.rtve.es/a/4456499/]